Anfitriones de la hospitalidad

Hay lugares que, además de ser bonitos, son especiales gracias a la que gente que los habita. De otra forma serían tan sólo una hermosa cáscara inerte. Una casa, sin una familia en su interior que la convierta en hogar, es como un cuerpo sin alma, como una estantería sin libros.

En Can Bordoy, nos hinche de orgullo pensar que hemos construido algo eterno, atemporal, que le hemos dado vida a un lugar que durante muchos años permaneció olvidado, sumido en la invisibilidad, como si se hubiera reducido a una sombra, oculta en la callejuela adoquinada del Forn de la Gloria, que ya nadie veía al pasar. Y no hablamos del resurgimiento de este emblemático edificio que nos cobija, sino de nuestra familia, que se ha mantenido unida desde el principio y que ha hecho de este, su hogar. 

Bien lo saben Klementyna, nuestra Lady of the House y Alessandra, de su equipo de mayordomía, a quienes nos encontramos, en la cálida tarde de agosto que se encierra en esta foto, contándose confidencias cómplices, mientras decoran los árboles con románticos farolillos que, en apenas unos minutos, alumbrarán las historias de nuestros invitados en esta mágica velada del Ferragosto que se celebra en nuestro jardín. Se conocieron hace ya mucho tiempo, y entre ellas se tejió uno de esos hilos rojos que te conectan con las personas en una relación indestructible, ajena al espacio y al tiempo que somete al resto de las cuestiones terrenales.

Así pues, el destino quiso que se encontraran de nuevo a la sombra de los árboles de nuestro jardín convertidos, esta tarde, en titánicos caleidoscopios que proyectan, divertidos, centenares de reflejos titilantes sobre nuestra casa, en un juego de inquietas luces geométricas que iluminan, con resplandor ígneo, las pintorescas escenas de nuestra familia al completo, ocupándose de que, cuando nuestros amigos lleguen, todo sea mágico. Es como si, los árboles, también quisieran unirse a la celebración que en unos minutos va a tener lugar. Aquí, en nuestra casa, todo parece estar vivo.

José y Christian, dos de nuestros chefs, están a lo lejos formando parte de un delicioso bodegón gastronómico, haciendo pruebas con la parrilla. Risdel, bajo las vigas del porche, orquestando a su equipo de sala en una reunión de apariencia improvisada en la que todos le escuchan con semblante casi solemne. Nuestra querida cantante, ensayando su repertorio, con esa feminidad suya tan cautivadora y elegante. Joan, trasladando las sombrillas del jardín con elegantes giros, casi como si éstas se hubieran tornado ligeras y bailara un tango con ellas. Giovanni, nuestro director, entrando en la escena, con su habitual paso tranquilo, revisando cada detalle con su omnipresente mirada serena, ahora iluminada por la presencia de dos pequeñas mujercitas que irrumpen en el teatral escenario de nuestro jardín, con tímidas sonrisas y la inocencia de quien está viviendo un momento infantil que quedará grabado en algún lugar de su memoria, como un recuerdo aterciopelado y familiar, que algún día les provocará una nostálgica sonrisa.

Y así, mientras la luz dorada del atardecer, trepa por las paredes y se desparrama por las mesas, mientras el calor del día, se retira hacia las sombras, llegan nuestros invitados. Silencio. La obra va a comenzar. Ferragosto en nuestro jardín, donde siempre ocurre la magia. Donde los árboles juegan con la luz y las paredes parecen susurrar historias del pasado. Donde las maderas crujen con encanto. Donde las grietas se vuelven coquetas. Donde las almas que le insuflan vida custodian tradiciones olvidadas. Como hacer las cosas a mano. Como pedir las cosas con una sonrisa y un “por favor”. Como tener en cuenta que lo que hace que algo sea realmente especial es el factor humano. Así, como en un sueño de una noche de verano nos convertimos, una vez más, en anfitriones de la hospitalidad.

 

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